Cuando los hijos llegan a la adolescencia, el jardín pensado para niños pequeños suele dejar de resultarles atractivo. Ya no quieren el tobogán ni el arenero, pero sí necesitan un sitio donde estar con los amigos o simplemente a su aire. Crear un rincón distinto, pensado para ellos, aumenta bastante las probabilidades de que el jardín siga siendo un lugar donde les apetezca pasar el tiempo.
Dejarles participar en las decisiones
Preguntarles directamente qué tipo de espacio les gustaría tener suele dar mejores resultados que decidirlo todo sin contar con ellos. Un rincón elegido a su gusto, aunque sea sencillo, se usa mucho más que uno impuesto sin ninguna consulta. No hace falta aceptar todas las ideas, pero escuchar de verdad ya cambia la actitud con la que lo reciben.
Un asiento cómodo y algo apartado del resto del jardín suele valorarse más que una zona de juegos vistosa pero infantil. Un par de sillones, unos pufs de exterior o un sofá de palés sencillo bastan para empezar. Lo importante es la sensación de tener un espacio propio, algo alejado de la vista de la casa, que en esta etapa resulta especialmente atractiva.
Un enchufe cercano o la posibilidad de cargar el móvil junto a ese rincón puede marcar la diferencia entre un espacio que se usa y otro que se queda vacío. Si no es posible llevar la corriente hasta allí, un espacio con buena sombra y algo de música suave a veces es suficiente. Los detalles prácticos pesan más de lo que los adultos suelen imaginar.
Permitirles personalizar el rincón con sus propios objetos, cojines o alguna guirnalda de luces refuerza la sensación de que ese espacio les pertenece. Este pequeño gesto de confianza suele traducirse en que cuidan mejor esa zona concreta del jardín, y en que la recogen sin que haga falta insistir demasiado.
Con un rincón pensado para ellos, muchos adolescentes acaban prefiriendo quedarse en casa antes que buscar otros planes fuera, simplemente porque el jardín les ofrece por fin un espacio que sienten como propio.